jueves, 16 de mayo de 2013




La industria petrolera Post-Chávez: una aproximación

3ra parte

La industria petrolera venezolana después de Chávez

Hugo Chávez abandonó el mundo entrando lentamente en el olvido. Ese Mundo dónde no existen los minutos de gloria, ni siquiera segundos porque inmediatamente aparecerá otro evento, otra cobertura.

Murió un líder ansioso en vida por el Olimpo de la historia en una época reacia a los mitos y más creyente en la celebridad viva de los medios de comunicación y las redes sociales.

Hugo Chávez murió dejando como legado una PDVSA maltrecha, una industria deprimida y las contradicciones de una sociedad incapaz de reflexionarse profundamente y concertar voluntades para la superación de sus dificultades.

¿Cómo saber qué pasará con la industria petrolera en los próximos años? Toca apelar a una serie de escenarios porque la incertidumbre domina el corto, medio y largo plazo.

Hemos visto pinceladas de cómo más o menos funcionó la industria y para ello hemos retrocedido prácticamente a la historia fundacional del Estado venezolano (que no del país).

Ahora intentaremos despejar esta ecuación con una serie de escenarios. Para ello debemos analizar brevemente las variables claves que incidirán en los mismos y luego pasaremos a una descripción analítica de la dinámica de los mismos.

Las variables determinantes son:

La política monetaria y fiscal: el actual gobierno luego de expandir el gasto y mantener un esquema de control de cambio que ha intentado flexibilizarse en vano, encuentra mucha presión para mantener el ritmo impuesto por el difunto presidente. Ese ritmo se estaba ya manteniendo con una elevada capacidad de endeudamiento y curiosamente todos los desafíos políticos en cada proceso electoral lo llevaron a incrementar el gasto para mantener algún tipo de distancia de una oposición creciente. La oposición en ese sentido ha dado en el clavo en eso de mantener al chavismo ocupado en beneficiar al pueblo de bajo estrato para no perder simpatías obligándolo a desgastarse sin remedio y se diría que visto lo del 14 de abril, casi en vano. Para el oficialismo, este ritmo de gasto se llama justicia social. Y dicha justicia salió de un conjunto complejo de subvenciones, planes de ayuda e iniciativas costosas de nacionalización y expropiación. Al limitar la capacidad productiva del sector privado se obligó a depender casi exclusivamente del petróleo y sobrestimo la capacidad de su equipo en PDVSA para responder a este desafío. En consecuencia, salvo que los precios del crudo se disparen más allá de los 110 dólares el barril en forma sostenida, el Ejecutivo Nacional tendrá que hacer restricciones y acudir a más devaluaciones con todo lo que ello implica. En ese sentido, lo conveniente en este momento sería incrementar la eficiencia del gasto y generación de las condiciones mínimas para impulsar la confianza en el sector privado. Eso, desde luego, está lejos de la forma de actuar del oficialismo, por ahora.

Relaciones gobierno-sector privado: Con el retorno de Merentes y la necesidad de más recursos, el apoyo del sector privado es sumamente importante. Como se ha visto, Venezuela está amenazada por el chantaje violento y constante del oficialismo que se sirve de lo estatal y paraestatal para someter voluntades y controlar el flujo de favores políticos entre el Ejecutivo Nacional y las grandes empresas privadas. Estas últimas apoyan ahora la permanencia de un status quo puesto que resulta preferible el control chavista que le garantiza cuotas sólidas de mercado (a riesgo de expropiación e inseguridad jurídica) a una victoria opositora que obligue al chavismo radical a sacar su capacidad de ejecutar la violencia. El sector privado tiene la certeza de que la oposición no tiene poder de fuego convincente en las fuerzas armadas, que el chavismo en apariencia actúa en forma compacta y controla el bastión militar y que todo lo que pase será por causa de quien tenga el mayor peso militar. Por ahora gana el oficialismo, pero esta balanza puede cambiar si Capriles y la oposición comienzan a ganar más espacios entre los pobres y una forma de que esto ocurra es que la crisis económica arrecie tal como promete, dejando a Maduro y sus aliados sin más opciones que la represión abierta, ante lo cual, no se sabe si contarán con la lealtad absoluta de las fuerzas armadas. Por ahora, las empresas y su dinero, restringido por el control de cambio y la inseguridad jurídica y sin mayor opción que seguir esperando, están abiertas a negociar con el gobierno siempre y cuando éste colaboren en la flexibilización del tipo de cambio (flujo de divisas) y cesen las expropiaciones. Un sector del gobierno ve en esto una oportunidad y tiende la mano. La meta es vencer el desabastecimiento y apoyarse laboral y tributariamente en la capacidad de facturación que vaya surgiendo de este nuevo arreglo. Aún es temprano para verlo, pero si el gobierno de Maduro quiere sobrevivir tiene que acudir a la capacidad productiva de la empresa privada.

La capacidad productiva de PDVSA: Como se ha visto, no hay nada peor que una empresa desarbolada de talento y contraloría. Una empresa así es presa de la voluntad personalista de líderes demagogos y camarillas criollas/foráneas. Lograr levantar la capacidad productiva de PDVSA es casi imposible en el corto plazo. Aún así la estatal apunta a la Faja del Orinoco, pero estos son proyectos a 4-5 años. La realidad de Venezuela se define en los próximos meses. Lo único que podría salvar a PDVSA de incumplir el rol de suplidora de recursos y desmejorar aún más en sus finanzas durante estos meses es dejar de exportar los casi 600.000 barriles diarios que da en condiciones favorable bajo los esquemas de colaboración (Petroamérica, Petrocaribe etc), dejar de importar combustibles, reducir el consumo interno optimizando el acceso a los combustibles mediante un sistema gradual de aumento de cotizaciones domésticas, abrir más espacios a la iniciativa privada en la optimización de pozos marginales (algo que aún puede tardar). Solo con dejar de exportar 600.000 barriles diarios en condiciones favorables reorientando esa cantidad a mercados que paguen a contado, podría, aún a riesgo de tener un efecto contraproducente en lo diplomático, suministrar una buena cantidad de recursos para la estabilización del gobierno de Maduro, ya afectado por la sospecha de fraude en su elección.

La paz social: aunque pocos en el exterior lo vean, hay más probabilidades de que la violencia política comience por la pérdida de la paz social que por la crisis política en sí. El gobierno de Hugo Chávez dejó una dinámica insostenible económicamente aunque si una fuerza sólida ideológicamente hasta cierto punto. El chavismo duro no pasa del 30% pero eso es suficiente para tomar en serio a cualquier colectivo que está convencido que la violencia es, ante todo, legítima para defender su revolución. Frente a eso, está el resto de la población pobre afectada que incluso se atrevió a votar por un cambio político como el propuesto por Capriles. Una propuesta que ha demostrado no estar organizada para la violencia (a pesar que el chavismo se empeña en mostrarla así). Ciertamente el chavismo controla el poder fáctico de la calle, pero las posibilidades de hiperinflación o desabastecimiento pueden generar protestas y con éstas una reacción del chavismo armado que haría perder la paz social y llegar a lo que se conoce históricamente en ese país como una explosión social ¿Qué posibilidades hay de una explosión social en Venezuela? Si se acude a la analogía histórica por menos de eso ocurrió una muy potente en 1989. Lo clave de una explosión social que derive en la pérdida de la paz social está en sus consecuencias sobre lo paz política y con ella la reacción del estamento militar.

La paz político-militar: la estabilidad política en Venezuela está sostenida por una red frágil de lealtades entre las fuerzas bolivarianas herederas y la insistencia de una oposición, por ahora unida, a permanecer dentro de los caminos pacíficos y democráticos. La frágil red de lealtades entre las fuerzas bolivarianas herederas está configurada por distintos nodos con distintos pesos obligados todos por la ausencia del “comandante eterno” (Hugo Chávez) y el instinto de supervivencia política y patrimonial a estar unidos. Estos nodos varían de alianzas y están liderados por personalidades que heredaron sus áreas de responsabilidades a partir del poder otorgado por Hugo Chávez. En el medio de éstos se encuentra la injerencia extranjera cubana como un factor de unión y control. En el primer nodo en importancia política y económica están los civiles pragmáticos vinculados con Cuba y con control de las áreas financiera y petrolera. Este nodo tiene sus facciones que se vinculan con otros nodos en otras áreas. Dentro del mismo se tiene el poderoso circuito liderado por Rafael Ramírez (Presidente de PDVSA) y Nelson Merentes (Ministro de Finanzas), dicho circuito choca con el liderado por Giordani (que pertenece al nodo radical, del cual hablaremos), ya de salida gradual del gobierno. El segundo nodo es el militar bolivariano liderado por oficiales activos y retirados que no son socialistas ni pro-cubanos pero que han cerrado filas con el gobierno de Maduro para proteger sus intereses políticos y patrimoniales. Sus líderes son Rodríguez Torres (Ministro del Interior), Wilmer Barrientos (Comandante del Ceo), Jesse Chacón (Pdte. de Corpoelec), Vielma Mora (gobernador del Táchira), Diosdado Cabello (Pdte. Asamblea Nacional) y Arias Cárdenas (Gobernador del Zulia). Este nodo garantiza de momento la estabilidad militar pero dentro del mismo existen distintos circuitos y alianzas con cambios casi imperceptibles en posiciones, especialmente en la Armada, dónde la situación no está muy segura para el oficialismo. La mayoría ha decidido apoyar a Maduro porque son consecuentes con su proyecto y porque no están dispuestos a negociar con la oposición por ahora. El tercer nodo es el de los radicales socialistas, al cual pertenece Maduro (el más moderado por ahora de todos dentro de los radicales) y con facciones que van desde los colectivos violentos hasta las lideradas por ministros fervientes socialistas pro-castristas. Los líderes de estos grupos son Jaua (Canciller), Jorge Rodríguez (Alcalde de Caracas), Maduro (Presidente de la República). Cada nodo cumple su papel de motor, garante y punta de lanza de la revolución (en ese orden). PDVSA y la industria petrolera alimenta esta maquinaria bajo el esquema clásico petro-rentista. Ahora están conscientes de que la situación económica requiere un período especial, una especie de pausa revolucionaria que apoya tanto el primer como segundo nodo y tolera el tercero. El nodo pragmático apunta a abrir más la economía ante el agotamiento de los recursos financieros petroleros, el segundo apoya estas medidas pues si bien son revolucionarios bolivarianos, en realidad no son socialistas ni mucho menos castristas. Posicionados junto a la boliburguesía (la capa de relaciones de testaferros y la nueva clase empresarial surgida al amparo del gobierno de Chávez) en el control de múltiples empresas y redes comerciales legales o ilegales, a ellos les conviene el resurgimiento económico capitalista de Venezuela. El tercer nodo lo ve como una pausa aunque no deja de ofrecer sus resistencias. En el caso de Maduro, todo es cuestión de supervivencia política. En paralelo a esta situación se encuentra una oposición que ha decidido unirse y que por ahora parece mantenerse como un bloque bajo el liderazgo de Capriles Radonski con conexiones profundas con la antigua clase empresarial venezolana y una clase política aluvional liderada por los partidos Primero Justicia, Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo, Copei, Causa Radical, Bandera Roja. En las pasadas elecciones pudieron ganar las elecciones con diferencia (desde este puesto de observación se puede decir que existen sobradas evidencias de que ganaron las elecciones, pero no se le reconocerá bajo ningún motivo, salvo el de la explosión social o política), y continúan actuando en forma de bisagra presionando en el ámbito doméstico e internacional para la auditoría exhaustiva con los cuadernos de votación del proceso pasado del 14 de abril hasta llegar a exigir la repetición de las elecciones, mientras que por otro lado no dejan de hacer campaña rumbo a las municipales de este año y las parlamentarias de 2015. Con este doble movimiento tanto la oposición radical como la democrática electoral juegan en forma coordinada y mantienen las expectativas de movilización. El objetivo es lograr no solo victorias electorales sino suficiente movimiento de base para tomar la calle con disciplina y perseverancia ante la represión esperada de parte de los bolivarianos, algo que ahora la oposición no está en capacidad de hacer salvo en algunas zonas de algunas ciudades. El camino escogido por la oposición ha sido el de la resistencia pacífica activa. Si bien se dice que tienen militares activos dentro de la FAN, la verdad es que no existe evidencia de que dichos militares sean suficientes como para desestabilizar al gobierno bolivariano. Así que la resistencia pacífica activa, su unidad y el liderazgo político de Capriles, ayudado por la mala gestión de gobierno heredada de Hugo Chávez y por ahora profundizada por Maduro en los ámbitos de seguridad, infraestructura, abastecimiento económico y superación estructural de la pobreza, impulsa a la oposición a ganarse hasta a los chavistas y su meta es no quedarse en el 50% de la votación sino llegar a un punto en que el bolivarianismo socialista esté ubicado en un 20% de las preferencias y que la mayoría opositora se sienta con fuerza en todos los ámbitos. Algo que obligue al actual gobierno claudicar ante una avalancha de votos o protestas y que le haga perder el afecto interesado de un sector militar importante. ¿Cuándo ocurrirá? Ya lo veremos. Pero ni el bolivarianismo es tan fuerte como aparenta ni la oposición es tan débil como parece. Es una situación de estabilidad inestable pendular que sin duda afectará el desempeño de la industria petrolera post- Chávez.

La comunidad internacional: existen tres anillos de relaciones entre Venezuela y el Mundo. El primer anillo está conformado por los países que tienen una elevada dependencia del petróleo y la renta petrolera venezolana, estos son los casos de Cuba, Bolivia, Nicaragua y algunas islas del Caribe que agradecen la colaboración energética de Venezuela bajo el marco de Petrocaribe. El segundo anillo está conformado por aquellos países con fuertes relaciones comerciales o de acuerdo con Venezuela pero que no dependen de su renta petrolera para existir, estos son: Colombia, Argentina, Uruguay y Ecuador. El tercer anillo está formado por el resto de países que tienen inversiones en Venezuela y un interés especial geopolítico por la estabilidad o el status quo de dicho país, allí entran EEUU, China, Rusia, Irán y Brasil. El país con mayor incidencia y control sobre la renta petrolera venezolana es Cuba. Sin duda La Habana no solo captura más de 120.000 barriles diarios a cambio de servicios sociales que luego puede revender a precios internacionales si lo desea, sino que tiene acceso a centros neurálgicos de datos de PDVSA y el gobierno nacional. Su actividad colonizadora continúa y de seguir así se puede presentar el caso en el cual hacer negocios con Venezuela pasará inefablemente por La Habana, algo no muy propicio para los inversionistas privados que apuestan a la transparencia. Luego de Cuba, en el primer anillo aparecen países con poco peso internacional pero que brindan solidaridad a cambio de un elevado coste. El caso peculiar de Nicaragua es notable pues financia su paso de una economía dependiente de las importaciones petroleras a una verde a través del flujo logrado por Albanisa, convirtiéndose a los ojos del Mundo en una de las economías de mayor empuje a las renovables, sin que estos consideren que detrás de este esfuerzo no solo está el talento nicaragüense (loable de por sí), sino la renta petrolera venezolana. Muchos de estos países del primer anillo, sino todos, se están abriendo a otras opciones de suministro energético y esquemas de financiación o colaboración pues saben que Venezuela no da para más, así que esta solidaridad a toda prueba tiene su fecha de caducidad. El segundo anillo se aprovecha del comercio y los acuerdos de colaboración financiado con la renta petrolera venezolana. El gobierno de Hugo Chávez en su afán de limitar la autonomía de los venezolanos frente su poder como Jefe de Estado, destruyó al sector privado que podría haber hecho contrapeso al gobierno. Su política de estatizaciones y de favorecimiento a las importaciones a través de una sobrevaluación de la moneda, acabó con buena parte del tejido empresarial venezolano. Esta destrucción de capacidad productiva en todos los sectores transformó a Venezuela en una economía importadora de bienes y servicios. La Comunidad Iberoamericana se aprovechó de esta situación y se convirtió en la principal suministradora de bienes y servicios al país caribeño de tal forma que la renta petrolera dejó de circular mayoritariamente entre venezolanos y una buena parte de su flujo se desvió, una vez más, a países vecinos proveedores vía mercado libre, bien por acuerdos especiales o dependiente de todo lo que el gobierno permitía importar a través de su sistema de selección de Cadivi. Se conocen los casos de producción nacional agropecuaria promovida por los programas de revolución agrícola bolivariana que no encuentran forma de ser colocados porque los nodos bolivarianos comentados previamente preferían la importación de dichos rubros a consumir la producción nacional por ellos mismos impulsada. ¿La razón? Las comisiones y negociados en las aduanas y ministerios. Una práctica no exclusiva del bolivarianismo sino de vieja data en Venezuela. No obstante, existen actores cuya dependencia de Venezuela es mínima. EEUU, Canadá, Brasil (a pesar que a veces se comporta como país del segundo anillo) y la UE. EEUU importa crudos venezolanos, pero en realidad ha demostrado como país que puede prescindir de dicho petróleo. En 2003, un informe realizado por el Departamento de Energía de los EEUU titulado Impacts of the Venezuelan Crude Oil Production Loss  demostró que el paro petrolero de 2002-2003, coyuntura en la que Venezuela dejó de exportar cerca de 1,5 millones de barriles diarios a EEUU, afectó ligeramente la seguridad energética norteamericana ya que durante esos meses pudo encontrar suplidores de crudos de similar calidad y a precios razonables, aunque no dejó de tener impacto sobre las cotizaciones de ligeros, demostrando EE.UU que se podía vivir sin el petróleo venezolano. Hoy con exportaciones de solo 900.000 barriles diarios y con el empuje de los crudos no convencionales de Canadá y EEUU se puede decir que Washington en nada quedaría afectada por el cese de producción venezolana. Ahora bien, una cosa es Washington y otras las empresas petroleras necesitadas de hacer negocios. Eso depende, tal como lo hemos hablado en otro momento, de la relación de dependencia entre la Casa Blanca, el Congreso de los EEUU y el lobby petrolero. Si Exxon, por ejemplo, afectada por la política de expropiaciones en Venezuela y en litigio con PDVSA, junto con otras empresas deciden volver a Venezuela y emplear la mayor presión posible para retomar negocios en dicho país, tal vez la Casa Blanca acuse la presión y gire su mirada de águila al Caribe, pero actualmente el mundo petrolero se ha ampliado tanto con las nuevas tecnologías y existen tantas opciones que Venezuela puede ponerse en remojo un tiempo antes de ser tomada en cuenta. Lo mismo se puede decir de Canadá. La importancia que le da este país a Venezuela es tal que ha decidido cerrar su embajada en Caracas. Algo lamentable pues los venezolanos tienen mucho que aprender de Canadá y viceversa. Para comenzar, son los ex trabajadores despedidos de PDVSA los que están poniendo el hombro en el boom petrolero de Canadá (además de otros países como Colombia, Perú, Brasil etc). En contraste, Canadá ha preferido (alegando asuntos de seguridad) trasladar los asuntos venezolanos a Bogotá. Otra cosa se puede decir de la UE. Los países europeos por sí solos no ejercen una presión suficiente sobre gobiernos como el venezolano. No obstante, en conjunto, a través de las instituciones europeas la presión si es significativa. España lo intentó y no pudo. Su potencial de poder no ha podido incidir sobre Caracas y La Habana. Pero al apoyarse en otros pares europeos el impacto es mayor. Se puede decir que la Comunidad Internacional agobiada por distintos frentes tomaría con seriedad el caso venezolano si se dan dos condiciones: 1) el país quiebra financieramente de tal forma que no se puedan satisfacer los intereses económicos de las dos primeros anillos de relaciones internacionales y 2) el país entra en violencia política descontrolada o guerra civil. Mientras al menos una de esas dos condiciones no se den, el interés por el rescate de la democracia se mantendrá en el nivel diplomático de la retórica pero sin medidas efectivas ya que el status quo conviene a muchos bien porque no es un tema de suma importancia o bien porque satisface los requerimientos de los agentes activos de sus respectivas políticas exteriores y comerciales.

La capacidad productiva de PDVSA, la política fiscal/monetaria y la relación entre el gobierno y el sector privado determinarán las condiciones adecuadas para que la gobernabilidad sea posible y se pueda lograr tanto la paz social como la paz política/militar. Con ello la Comunidad Internacional puede respirar tranquila, pero con el desequilibrio de cualquiera de las variables, el desajuste sobre la estabilidad de Venezuela será de pronóstico reservado. 

¿Podrán con los desafíos?
La debilidad institucional y la descomposición socioeconómica contribuyen a la configuración de escenarios críticos sobre el corto plazo de la industria petrolera post-Chávez. 

Los actores juegan sus roles en espacios de maniobra muy reducidos y la realidad suele ser mucho más compleja que lo que podríamos visualizar. Aquí nos aventuramos con una serie de escenarios que consideramos más probable.

Los escenarios que esperan a la industria petrolera son:

1.    La estabilización a través de la apertura gradual y selectiva: las necesidades de PDVSA y el resto de la industria petrolera son enormes para poder mantener su ritmo de producción y exportación. Por otro lado, tanto a los herederos de Hugo Chávez como a la oposición le conviene una industria boyante. La condición para que se de este escenario en forma rápida y contundente es la seguridad jurídica de las inversiones. Retomar un nivel aceptable a las mismas garantizaría la entrada de inversiones a estos precios. No obstante, desde que se asume un proyecto de recuperación de campos marginales o de la Faja del Orinoco hasta que el crudo comienza a comercializarse pasan entre 5 y 6 años. Ya hay proyectos que están a punto de entrar en explotación efectiva y podrían ayudar a levantar la producción pero la tasa de declive de crudos convencionales y la necesidad de los mismos para procesos de mejoramiento de los extraídos de la Faja del Orinoco obliga tener inversiones creciente en extracción en campos marginales, más y mejor infraestructura de transporte y mucho gas para poder dar soporte a las actividades de recuperación secundaria. Bajo este escenario se necesitará un esfuerzo notable de cambio de imagen del gobierno y de generación de certezas a la hora de negociar. El inconveniente está en que este cambio no es rápido y parece que no ocurrirá en el corto plazo. Para ver resultados concretos tendrían que pasar 5 años. El gobierno no dispone de ese tiempo.

2.    El estancamiento: Es el statusquo. Es la continuidad de este nivel operativo con serias dificultades para mantener los niveles de producción con efectos extremadamente negativos sobre las finanzas públicas y el sostén de la revolución. Este escenario no es el deseable y muchos pragmáticos lo ven así, pero de acuerdo a la visión de los radicales, este no es un problema mientras se pueda controlar el poder y hacer la revolución. La preocupación está más del lado de los pragmáticos y en segunda instancia en los militares quienes también recelan de una apertura pues eso implicaría perder la posibilidad de control directo de la industria y acudir a profesionales conectados con el mundo globalizado para el mismo, aún así, para muchos de las élites castrenses, mientras la situación esté controlada pueden usar dicho talento a su favor. Como el chavismo vive en constante proceso de autoengaño, ellos no ven la falta de operatividad de PDVSA o la industria como un problema sino como un asunto burocrático que se puede resolver. Para ellos el petróleo se produce solo y es un derecho que ellos han adquirido el de administrarlo en nombre del pueblo y para hacer la revolución. El estancamiento lo lamentarán cuando ya no tengan como mantener el funcionamiento de la misma y cuando eso ocurra los fusiles apuntarán hacia ellos mismos.

3.    El hundimiento y la desintegración: sería el escenario más apocalíptico de todos y consiste no solo en el hundimiento de la industria y PDVSA derivada de una muy deficiente gestión, sino también del impacto que tendría sobre la misma el hecho mismo de un proceso de desestabilización social y político-militar. Una situación de ese tipo que podría degenerar en una suerte de guerra civil partiría a la industria en dos zonas no comunicadas entre sí: Oriente y Occidente. De las dos, Oriente es la más autónoma y poderosa tanto por sus reservas como por su capacidad de exportación, pero si los puertos de Oriente son tomados por una facción determinada quien controle los yacimientos no podrá exportar. Si bien la industria se paralizaría en semejante escenario (aunque no del todo si se observa el caso de la reciente guerra civil libia), la prolongación de la pugna podría llevarla a la total desintegración al ser prácticamente comprometida por el apoyo en armas o soporte internacional a futuro. En una confrontación armada civil el chavismo podría controlar la situación en el corto plazo, pero lo perdería en el mediano pues es muy probable que la oposición ubicada en los principales centros urbanos del país (los cuales controlan los accesos de exportación de crudo) terminen por recibir apoyo de facciones de las fuerzas armadas afectando la estabilidad del régimen a través de una guerra asimétrica. Este escenario ocurriría si las fuerzas armadas en pleno pierden la unidad de mando. Si el cemento estamental castrense resiste la embestida de una desestabilización es muy probable que sigan jugando en su rol de árbitro. Eso dependerá enormemente de la dinámica política y social interna.

4.    La privatización: Dogmáticamente sería el peor escenario para los nacionalistas y petro-rentistas de ambos bandos, pero no resulta un escenario y una solución descabellada. La venta de una parte de las acciones de PDVSA a ciudadanos venezolanos y extranjeros siguiendo el ejemplo de Petrobras o Ecopetrol apalancaría con fuerza todo el financiamiento posible para su recuperación, pero para ello se requeriría de la construcción de una estructura institucional reguladora lo suficientemente fuerte y el incremento radical de la transparencia de las operaciones de PDVSA y la industria para así evitar que la corporación estatal no pase a una gestión ajena a los intereses nacionales. Se podría decir que paradójicamente a pesar que en teoría PDVSA hoy pertenece a la Nación venezolana, en realidad es controlada por una camarilla que controla al Estado y la transparencia deja mucho que desear. En la práctica, la corporación ya está privatizada y no responde en su totalidad a los intereses nacionales.

5.    La apertura agresiva: Este escenario se concentra en repetir la experiencia de la década de los 90 para poder empujar no solo a PDVSA sino al resto de la industria petrolera. Se diferencia del escenario 1 en que es más rápida la apertura y del 4 en que el Estado mantiene la totalidad del control de las acciones.

Se pueden dar algunos de estos escenarios o la combinación de los mismos. El escenario más probable es el 2 (El estancamiento) porque no se evidencia una idea clara de avance en quienes están a cargo de la industria petrolera más allá de las presentaciones corporativas realizadas. La velocidad de avance será reducida y eso sin duda afectará no solo el futuro de la industria sino de todo el país. Si algunos de los responsables a cargo se da cuenta que se requiere un esfuerzo notable adicional, el escenario que le sigue en probabilidad de ocurrencia es el 1 (la estabilización), en gran medida porque la apertura gradual resulta la política más cómoda y puede arrojar resultados en el mediano plazo. El resto de los escenarios son menos probables pero se comunican entre sí. Si la situación se vuelve desesperante en términos políticos-militares, el hundimiento y la posterior privatización o apertura agresiva para lograr una recuperación constituyen secuencias factibles ante la ruina del país acelerada por la violencia.

Uno de los últimos accidentes sobre las refinerías venezolanas (Complejo Refinador Paraguaná): PDVSA lleva un record negativo en términos de mantenimiento y seguridad industrial

La historia recogerá que, finalizada la era Chávez, el agotamiento de un modelo reaccionario como el petro-rentismo bolivariano terminó por lograr el efecto contrario al buscado. Este modelo depredador de la industria petrolera sirvió en bandeja de plata la posibilidad bien de un hundimiento, una privatización o una apertura agresiva pero nunca la plena soberanía energética de Venezuela.



El camino a la privatización de PDVSA está empedrado por la mala gestión pública. En gran parte la joya de la corona petrolera venezolana se podría perder en caso que no se tomen medidas urgentes de recuperación.

Solo eso, recuperación. Pero el paso más importante no necesariamente sea el más urgente. Recuperar es urgente, pero ante el escenario cada vez más cierto de que el petróleo perderá el valor que hoy se le otorga (y eso ocurrirá antes de que termine este siglo), el paso más importante para los venezolanos no será solo recuperar a la industria, sino prepararse para asistir a la era post-petrolera sin dejar de ser un país cuyo apellido sea energía.

¿Cómo será la Venezuela Post-Petrolera? 

De eso hablaremos pronto en nuestra cuarta y última entrega de la serie La Industria Petrolera Post-Chávez: una aproximación, aquí en Energy for Energy.





lunes, 29 de abril de 2013



La industria petrolera Post-Chávez: una aproximación
2da parte

Venezuela política y petróleo bajo la era Chávez

El declive bajo una ilusión de armonía

Un país petrolero que se transforma en Petro-Estado desarrolla una dinámica peculiar en el cual sus élites y gobiernos no han tenido mejor iniciativa que vivir de la extracción de la renta petrolera. Es decir, no se presenta una actividad productiva capitalista salvo aquella que habita al interior de los servicios outsourcing o marginales que parasita en torno a esos grandes galeones que son las grandes empresas petroleras estatales.

El caso venezolano en este momento es arquetípico. No obstante, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones y a riesgo de repetirnos, tenemos que insistir que no siempre fue así.

Efectivamente el petróleo y su industria han jugado siempre un papel fundamental como origen de una renta destinada a distintos paradigmas de desarrollo integral de dicho país.

El Estado venezolano, tal como lo advertimos en la anterior entrada, inició su andar sin ayuda petrolera. No obstante, con el paso del tiempo lubricó relaciones económicas y sociales en un Estado gobernado por élites que, a diferencia de las de hoy, sentían una genuina necesidad de construir una sociedad educada, sana, segura y prospera para lo cual esa renta petrolera era muy útil, en complemento con los tributos aportados por otras actividades económicas.

Aún así, la convicción sobre el carácter no renovable del petróleo era una alerta constante de los pensadores y decisores venezolanos más importantes del siglo XX (Alberto Adriani, Gumersindo Torres, Arturo Uslar Pietri, Juan Pablo Pérez Alfonzo y Rómulo Betancourt). Aprovecharlo al máximo era vital y mantener su pulso sumamente estratégico. 

A mediados del siglo XX aún Venezuela lideraba en el rango de las exportaciones petroleras mientras la Península Arábiga comenzaba a mostrar su potente músculo de reservas y la excelente calidad de sus yacimientos. El peligro de la sobreoferta, restringida hasta cierto momento por las 7 hermanas a partir del Tratado de Achnacarry (1928), aparecía una vez más y la protección de los precios ya no solo interesaba a las gigantes sino a aquellos países cuya producción comenzaba a declinar luego de una acelerada explotación, tal como pasaba a Venezuela y también a EEUU.

En 1958 Venezuela comenzó a declinar en su ratio reservas/producción de acuerdo a la tecnología petrolera del momento. Las transnacionales que operaban en ese instante ya no observaban como lucrativo el negocio en un país que estaba cada vez más consciente de su realidad fiscal petrolera y que era más exigente a la hora de establecer un marco fiscal propio. Algo que no ocurría aún en el pujante Golfo Pérsico, especialmente la Península Arábiga.

Ya desde 1952 venía rodando la idea de una asociación de países exportadores de petróleo representada por sus respectivos gobiernos con la idea de fortalecer los precios a través de la restricción de la oferta y así elevar la tributación respectiva. 

No todos los países tenían la capacidad que ya Venezuela asomaba de configurar con personal nativo una nueva industria petrolera. 

Las élites políticas, económicas y militares de Venezuela ya estaban claras al respecto desde 1945. 

Las empresas americanas al considerar factores de recobro en las reservas petroleras e inversiones necesarias para disponer de crudos ligeros (que ya escaseaban en Venezuela), prefirieron no invertir más. Detener el ritmo de inversión y dejar avanzar por inercia a la industria venezolana fue la consecuencia. 

Cuando ya se funda la OPEP, los venezolanos logran juntar en un solo grupo a los poseedores de los mejores crudos y sentarse entre ellos para fortalecer los precios y con ello salvar el petróleo del país caribeño que por baja calidad dejaba de ser apetecido en mercados más competitivos.

Así, al llegar la nacionalización en 1973, Venezuela tenía un potencial de recursos en decadencia pero un personal técnico criollo y preparado. El desafío entonces era incrementar la base de reservas probadas de crudos en ese país y eso suponía un esfuerzo enorme en actividades de exploración y desarrollo mientras presionaba por elevar los precios a través de la promoción de una política conservadora en la OPEP (restricción de la oferta) que permitiera que su producción no fuera desbancada por el efecto de una sobreproducción sostenida.

Curiosamente, en eso de fortalecer los precios del petróleo, la OPEP y el lobby petrolero anglosajón/europeo siempre han jugado para el mismo equipo.

Evitando la decadencia de una industria

Entre 1981 y 1998 se puede hablar de una etapa de expansión de actividades de exploración y desarrollo de la industria petrolera venezolana, especialmente capitalizada por PDVSA. Dicha etapa se subdivide en dos fases: a) 1981-1993 años en los que se descubrió la Faja Petrolífera del Orinoco y b) 1993-1998 años de la apertura petrolera orientada a la expansión del desarrollo y producción tanto en los llamados campos marginales (los cuales con la tecnología de hoy ya no serían tan marginales o carentes de petróleo) como de los nuevos yacimientos encontrados en la etapa anterior. La idea era convertir a Venezuela en una suerte de Arabia Saudita en cuanto a niveles de producción, invertir en más tecnología de exploración y permitir que esa actividad permeara a la economía nacional consolidando a la industria petrolera. Para ello, se impulsó la apertura a capitales extranjero, prácticamente vedada desde la nacionalización.

La segunda fase causó gran revuelo en el mundillo de la OPEP y una parte de la clase política venezolana. 

Sedientos de mercados en momentos de abundancia, contar con una Venezuela con 8 millones de barriles diarios (meta estimada para el año 2005), tan cerca de Estados Unidos, no gustaba mucho a países, especialmente Arabia Saudita. 



Este Reino afectado por la nueva arrogancia venezolana (mala praxis en la diplomacia petrolera por parte del ministro de energía y presidente de PDVSA entre 1994 y 1998) de no atender a llamados de disciplinas dentro de la OPEP, abrió las válvulas de su capacidad de producción y hundió los precios llevándolos a casi 8 dólares por barril hiriendo económicamente a Venezuela que atravesaba una de las peores gestiones económicas con el segundo gobierno de Rafael Caldera. 

¿El resultado? 

El gobierno de ese momento (Rafael Caldera II), decide ralentizar el proceso de apertura y a la sazón en 1998 llega Hugo Chávez al poder. 

Chávez, asesorado por personas más afín a los intereses de Arabia Saudita, decide paralizar el proceso de apertura y con ello las posibilidades de crear una industria petrolera próspera y potente. 

Hugo Chávez era la reacción rentista ante la política petrolera de los años 90 basada en volúmenes (que tampoco era la solución única para una política petrolera sensata, hay que decirlo). 

La reacción rentista y conservadora es producir menos y cobrar más, pero además, dar la mayor cantidad de los recursos obtenidos por la actividad petrolera al Estado, incluyendo lo destinado para inversión para la recuperación de la tasa de reservas/producción (exploración, desarrollo, producción, comercialización). 

Llegado el momento, Hugo Chávez, recién instalado en su primer mandato, tenía resistencias dentro del estamento gerencial de PDVSA que estaba en desacuerdo con una política conservadora y la politización de la industria, viviéndose entre 1999 y 2001 el conflicto más importante entre el Ejecutivo Nacional y PDVSA. 

PDVSA y su élite corporativa observaba que se acababan muchos privilegios obtenidos en el pasado reciente (sobre todo la relativa autonomía del manejo de la industria) y con ello también la afección a uno de sus tesoros: su meritocracia. 

PDVSA antes de 2003 funcionaba como una corporación privada a pesar de ser pública. Su ranking de profesionalidad era de primer nivel y eso inquietaba al Hugo Chávez del momento.
PDVSA no le seguía el juego, se protegía así misma como empresa desobedeciendo al representante principal del accionista único (la nación venezolana y no el Ejecutivo Nacional que solo es representante, mucho menos la persona del líder fallecido). 

Se revelaba la plana mayor de PDVSA y eso para un militar como Chávez era imposible de concebir. 

El escenario para la confrontación estaba servido. Tanto PDVSA como el Ejecutivo Nacional cruzaron el Rubicón y llegaron a un punto extremo de irracionalidad política que terminó perjudicando por décadas el futuro petrolero de Venezuela. 

Era completamente increíble: los empleados revelados contra el representante del accionista y dicho representante (conocido por su proceder poco democrático) reprimiendo con las fuerzas armadas y despidiendo arbitrariamente a los empleados. Con la victoria del gobierno sobre aquella huelga petrolera se consolidó una de las trampas mejor elaboradas por un táctico como Chávez y que resultó en el apoderamiento de inmensas cantidades de dinero para catapultar su revolución incluso en el exterior[1]. PDVSA era una línea de defensa de la institucionalidad y muchos venezolanos no lo sabían. Al contrario, otros venezolanos la observaron como un botín y así terminó siendo. Veamos.

La reacción al rentismo bolivariano y la consolidación un régimen personalista

La revolución bolivariana no es una revolución sino una reacción al doloroso y necesario abandono del modus vivendi rentista petrolero de los venezolanos. Si algún efecto ha tenido el petróleo en los venezolanos, sobre todo luego de 1973, ha sido el de facilitarle la creencia de que ellos son ciudadanos ricos. Dicha creencia terminó afectando una serie de valores y actitudes y con ello todo el consciente colectivo: “Todos los venezolanos somos ricos porque tenemos petróleo pero ahora estamos pobres porque el Estado no reparte esa riqueza que se queda en manos de políticos y sus protegidos”. Hugo Chávez, como todo demagogo aprovechó esa premisa al máximo y fue la base de su proceder político. Ciertamente hay algo de cierto en dicha premisa, pero se debe recordar que los demagogos son destructores de la civilización y dicha destrucción parte precisamente en el juego hábil de medias verdades y medias mentiras para lograr capturar los corazones y mentes de los incautos y corsarios que toda sociedad acostumbrada al rentismo petrolero genera.

Esos corsarios e incautos no son los pobres, al contrario, son las élites venezolanas. 

La historia contemporánea venezolana entre 1989 y 1999 fue básicamente ese intento de lograr cambios sustanciales hacia una sociedad post-petrolera y la resistencia de todos los estamentos activos en lo que Juan Carlos Rey llamaba el sistema populista de conciliación de élites. 

La resistencia a abandonar el Estado Rentista vino con más fuerza de las élites económicas-financieras (algo absurdo en teoría pero que decía mucho de su formación como élites), las élites militares, las élites académicas universitarias, los partidos políticos, los sindicatos, entre otros. 

Tanto los promotores del cambio como los reaccionarios eran ricos en soberbia política y en poca capacidad para discernir lo que se jugaba el país. 

La confrontación creció y en el medio de todo ello apareció la figura de Hugo Chávez, una suerte de redentor que no solo terminó expandiendo aún más el petro-rentismo de la decadente democracia venezolana sino corrompiendo otras democracias del continente americano. 

Su ola expansiva ha sido tan grande, que se podría decir que desde España, Portugal, Italia, pasando por Colombia, Brasil y Argentina, entre otros países, el petro-rentismo chavista condicionó las decisiones soberanas de sus gobiernos, constituyéndose en rehenes de la voluntad del comandante muerto y sus herederos, por ahora o mientras dure la casi agotada chequera.

La industria se hunde

Y no era que PDVSA fuera una tacita de plata antes de que llegara Hugo Chávez al poder. No, para nada. Aún quedan pendientes muchas investigaciones sobre tráfico ilegal de crudos o configuración de contratos lesivos al fisco nacional, pero la intervención de Chávez en la industria no solo destruyó su capacidad gerencial sin recuperarla luego de aquel desastre de 2002-2003, sino que permitió que la corrupción se expandiera en la empresa a todo nivel. La empresa se convirtió en el botín de guerra y la fuente de riqueza corruptora dentro y fuera de Venezuela. Es esa riqueza corruptora la que mantiene en el poder al chavismo (mientras tanto madurismo), con apoyos casi incondicionales a nivel doméstico e internacional y que desdice mucho de la supuesta voluntad de muchos gobiernos por defender la democracia y los derechos humanos.

La prensa y los informes internacionales están plagados de datos financieros y operativos de PDVSA. Los resultados están a la vista. Hugo Chávez a través de Rafael Ramírez dejó:

1.    Una tendencia declinante de producción.
2.    Inversiones insuficientes.
3.    Deuda con tendencia creciente e insostenible.
4.    Excesiva extracción de recursos por parte del gobierno.
5.    Exportaciones netas en franco declive.
6.    Flujo de caja limitado por la producción no pagada.
7.    Excesivo crecimiento de la nómina.
8.    Debilidades en el capital humano.
9.    Incremento del número de accidentes.

La situación es tan grave que incluso en su configuración estratégica PDVSA no solo está incapacitada para exportar petróleo a China en condiciones favorables, sino que más allá del ritmo de diversificación de mercados de exportación, su principal mercado, EEUU, comienza a prescindir de su petróleo mientras otros competidores como Canadá, México, Rusia y Arabia Saudita comienzan a sustituir su cuota en dicho mercado, por no hablar de la misma capacidad doméstica americana que ha retomado un nuevo impulso gracias a las nuevas tecnologías petroleras.

Es el legado de Chávez y aún así lo poco positivo logrado ha sido gracias a la inercia de viejos proyectos pre-Chávez. Proyectos que siguen en pie impulsados por la necesidad de explotar uno de los puntos fuertes como lo es la Faja Petrolera del Orinoco. 

El reflotamiento de la industria: ¿intento vano?

Recientemente Venezuela ha reportado reservas probadas por 297.000 millones de barriles.
Asusta esta cifra ¿verdad? Estas reservas superarían a las de Arabia Saudí. Aunque siempre hay un pero.

Ciertamente, las reservas posibles de hidrocarburos en la Faja del Orinoco superarían los 1,2 billones de barriles. Esto lo convierte en uno de los mayores reservorios de hidrocarburos del planeta, únicamente comparable con las arenas bituminosas de la provincia de Alberta, en Canadá (Monaldi, 2012). 

No obstante, a la tecnología de hoy solo una fracción de esos recursos puede ser extraída comercialmente e incorporada a las reservas probadas. Al respecto Monaldi nos dice:

Para obtener la cifra oficial de reservas el gobierno venezolano utilizó una tasa de recobro de veinte por ciento de los recursos de la Faja del Orinoco. Esta tasa no se ha logrado en la explotación de crudos extrapesados en el país; de hecho, no se ha superado el diez por ciento. Si bien con técnicas de recuperación secundaria y terciaria (por ejemplo, calentamiento) es factible incrementar la tasa de recobro, posiblemente a un veinte por ciento o incluso más, para el cálculo de las reservas probadas se deben usar tasas ya alcanzadas comercialmente. Por lo tanto, una cifra más conservadora de reservas probadas se basaría en una tasa de recobro de diez por ciento, con lo cual las reservas probadas de Venezuela alcanzarían unos 185.000 millones de barriles. Serían las segundas reservas mayores del mundo, detrás de Arabia Saudí, pero por delante de las de Canadá, Irán e Irak. Con la cifra oficial de reservas Venezuela tendría el 20 por ciento de las reservas mundiales de crudo, el 26 por ciento de las de los países de la OPEP, el 75 por ciento de las reservas del continente americano y el 92 por ciento de las reservas de Suramérica. Otra manera de evidenciar la abundancia de las reservas venezolanas consiste en calcular, con base en el ritmo de producción actual, el número de años que tardarían en agotarse las reservas probadas (la relación reservas/producción). Para Venezuela esta cifra supera los tres siglos. Mientras que si se considera el número de años en que pudiera garantizarse el consumo interno actual la cifra superaría el milenio” (Monaldi, 2012).

No obstante, el mismo autor nos da otro punto de vista para contrastar la realidad. Nos alerta que: 

Una manera alternativa de analizar la concordancia entre producción y reservas es la tasa de extracción; es decir, el porcentaje de las reservas que se extrae en un año a la actual tasa de producción. Para el caso de Venezuela esta cifra ha venido cayendo, debido al declive de la producción y el aumento de las reservas. Actualmente ese indicador es 0,4 por ciento, el menor entre los países de la OPEP y otros relevantes exportadores de petróleo. Las tasas en el Medio Oriente triplican las de Venezuela y la de Rusia es doce veces mayor. Si Venezuela tuviera la tasa de extracción de Irán, tendría una producción de 7,5 millones de barriles diarios (MMBD), en lugar de 2,8 MMBD; si tuviera la de Arabia Saudí, alcanzaría una producción de 9,5 MMBD; y si tuviera la de Rusia, la producción superaría los 30 MMBD. Por supuesto, estas cifras son solo referenciales. Las inversiones requeridas para aumentar la producción, incluso al equivalente de Irán, son gigantescas y tardarían años. Pero estos indicadores ilustran lo reducida que es la producción de Venezuela con respecto a su potencial y a los estándares internacionales. Para quienes no siguen de cerca el sector petrolero de Venezuela pudiera ser una sorpresa que, en los últimos cinco años, las reservas se hayan multiplicado por más de tres. ¿Es que acaso se descubrieron nuevos recursos? En realidad, la magnitud de los recursos de la Faja está bastante clara desde hace décadas y es muy poco lo que se ha incorporado en nuevos descubrimientos de crudo en otras áreas. Las razones por las que se pueden incorporar las reservas de crudo extrapesado de la Faja son fundamentalmente económicas. Por una parte, el incremento de los precios en la última década hace rentable el desarrollo de crudos de la Faja y, por la otra, el éxito de los proyectos existentes de mejoramiento de crudo extrapesado ha hecho evidente la viabilidad comercial y tecnológica del desarrollo de estas reservas (…) Todo esto hace posible que la comunidad petrolera internacional acepte que se puede incorporar a las reservas al menos una fracción importante de los recursos de la Faja” (Monaldi, 2012).

Como se puede ver, bajo el gobierno de Hugo Chávez es poco lo que se hizo, pero también a Venezuela le quedan entre dos o tres décadas para aprovechar y monetizar todo este potencial antes que la innovación tecnológica energética disminuya las posibilidades de rentabilidad de los derivados petroleros.

Para lograrlo, especialmente en el ámbito de la Faja, no ya lo que tiene que ver con yacimientos marginales, shale gas e hidratos de carbono, se requieren enormes inversiones que ni PDVSA, ni mucho menos sus aliados “estratégicos” pueden apalancar sin generar condiciones idóneas en términos de seguridad jurídica.

No basta con invertir en extracción y mejoramiento de crudos, sino también en la infraestructura relacionada. Un fallo constante en los planificadores energéticos venezolanos y los “des-planificadores militares” que hoy gobiernan es la de no asociar ambas fases en todos los campos energéticos, es decir la upstream con la downstream a través del desarrollo y mantenimiento óptimo de la infraestructura de transporte y distribución.

En el caso de la Faja, extraer el crudo no es lo costoso, (aunque puede ocasionar múltiples pasivos ambientales), pues no pasa del rango 3-6 US$/barril, nada diferente del de otros desarrollos en el Mundo. Este crudo tiene una gravedad API de 8º, lo cual no lo hace apetecible al mercado. Por tanto hay que someterlo a procesos de mejora para llevarlo a 16º API, lo que ya lleva el proceso a una fase downstream más costosa con la construcción de mejoradores que podría estar entre los 5.000 y 7.000 millones de dólares por cada 200.000 barriles diarios de capacidad de producción. En otras palabras hay que agregarle al coste ya reseñado en la fase primaria de 3-6 US$/barril otros 6-10 US$/barril. El coste final puede rondar entre los 9US$/barril y los 16US$/barril, coste que era mayor para cuando comenzó la apertura petrolera en los 90 pero que con el avance tecnológico se ha venido reduciendo.

Para entender lo que implica esta cifra se debe aclarar que un crudo de 16º-18º API no es un crudo de alta calidad (28º-30º API) pues no da buenos perfiles de refinación para derivados con mayores precios como las gasolinas o kerosenos y requiere, por tanto, refinerías preparadas al respecto, de hecho, lo planteado es que dentro de Venezuela pase por otro proceso adicional más costoso aún para llevarlo a mayores grados API. 

Un buen lote de refinerías preparadas para procesar crudos pesados y medianos está en EEUU. De hecho, en EEUU se está evaluando la posibilidad de exportar su producción ligera e importar la pesada pues sus refinerías especializadas en las mismas han venido creciendo y vender ligeros a Asia resulta más lucrativo y compensa el coste de refinar medianos o pesados importados. De allí que el principal competidor para Venezuela en el mercado americano sea precisamente Canadá, un país que curiosamente retiró su embajada de Caracas por otros motivos y con el cual hay que cultivar excelentes relaciones en términos tecnológicos petroleros.

En esos términos, también resulta muy importante que CITGO siga en manos venezolanas, aunque maltrecha por el endeudamiento al que fue sometido por su Casa Matriz PDVSA. Citgo, hasta hace poco la tercera empresa con más estaciones de servicios en EEUU, es apetecida por empresas rusas, chinas y sauditas. Su venta sería un golpe mortal a las posibilidades que tendría PDVSA en las próximas décadas de continuar con un proceso de integración eficiente dentro del principal mercado energético del Mundo junto con China, a la cual también hay que ponerle énfasis (algo positivo del régimen de Chávez aunque también mal gestionado para los intereses de los venezolanos).

En la Faja Petrolífera del Orinoco existen seis proyectos que desplegados podrían producir más de 1,2 MMBD de crudo mejorado de más de treinta grados API o una cantidad muy superior, de menor calidad, si se mezcla este crudo mejorado con crudo extrapesado[2]

Cada proyecto necesita una inversión estimada entre 13 mil millones y 17 mil millones de dólares, de los cuales un 50% estaría dedicado al mejoramiento de crudos. 

En total, la inversión prevista superaría los cien mil millones de dólares, más de siete veces la inversión que se realizó originalmente en los cuatro proyectos de la Faja existentes[3]

Hasta este momento hay mucho retraso en los proyectos y eso se siente con fuerza en tanto en la Faja del Orinoco como en distintos proyectos de gas natural. Las empresas han sido muy cautelosas en la negociación dado el precedente de las recientes expropiaciones en el sector y la inestabilidad del marco fiscal. De hecho, Venezuela es uno de los países productores de petróleo con los mayores obstáculos a la inversión privada.

Visto de esa manera los esfuerzos por recuperar a la industria han sido insuficientes y queda mucho camino por recorrer para poder llevarla al menos al estado previo a 2003.

A manera de conclusión

Hugo Chávez se encontró con una industria petrolera boyante y la deja con serias dificultades financieras y una capacidad técnica reducida.

No obstante, los recursos naturales siguen allí, aunque el talento para gestionarlo en todas sus fases se encuentra mayoritariamente fuera de la industria e incluso del territorio nacional. Hay que aclarar que no todos los trabajadores de PDVSA están incapacitados para operarla pero si una gran mayoría, sobre todo, aquellos que están dentro más por filiación política que por su capacidad técnica demostrada.

Resulta difícil explicarle a un venezolano que el desarrollo de la industria petrolera con el apoyo de la iniciativa privada no implica ser esquilmado como nación si se logra fortalecer las capacidades de contraloría del Estado y con ello las medidas fomentadoras de transparencia de cara a los ciudadanos y el resto de los actores de dicha industria.

Ya antes de la llegada de Hugo Chávez al poder existía una fuerte debilidad estatal en términos de contraloría de gestión de la industria petrolera. Esa debilidad fortaleció el poder estamental de PDVSA, el mismo que se enfrentó a Chávez en 2002-2003. Derrotado dicho poder, otra élite petrolera, menos preparada y con menos escrúpulos éticos, tomo el control obedeciendo instrucciones políticas del fallecido líder. PDVSA se convirtió así en la gallina de los huevos de oros de la voluntad política de Chávez y con ello pudo comprar las diplomacias de medio continente y parte del sur de Europa.

Los recursos petroleros y su renta son finitos, y la chequera de Chávez se agotó antes que él muriera. En términos políticos, es una lástima que él no respondiera política y jurídicamente por su gestión irresponsable.

Ahora quedan los herederos, una tarea titánica de reconstrucción aún pendiente con menos instituciones y más mafia política nacional y transnacional.

Del otro lado de la acera, es decir, del lado de la oposición no se observa una visión política post-petrolera. Todo lo contrario, existe una visión, aunque menos populista, igual dependiente de los recursos petroleros.

Resulta en cierta forma lógico que sea así, pues no hay hasta ahora suficiente poder como para superar la decadencia petrolera dejada por Chávez. Solo una política diversificadora que deje respirar a PDVSA y estimule un ingreso seguro de capitales privados nacionales/transnacionales podría de alguna forma reactivar a la industria mientras otros sectores no petroleros logren impulsar la economía para alivio de todos los venezolanos. El gran problema para ello es la conjunción de tres variables: 1) debilidad institucional, 2) inseguridad jurídica, 3) ausencia de equilibrio de poderes y democracia.

Si estas tres variables no se superan, resultaría difícil la recuperación de la industria petrolera, el sector económico no petrolero y con ello la economía venezolana.

Dado ese fatídico escenario, que no es más que el legado destructor de Chávez, podría presentarse en un par de años, la posibilidad cierta de que aparezca un hito en la historia petrolera mundial como lo es la quiebra de una empresa petrolera obligándola a su privatización. ¿Podría pasar? ¿Qué opinan? ¿Se exagera?

En nuestra próxima entrada, hablaremos de la industria petrolera después de Chávez y los potenciales escenarios.

Fuentes Hemerográficas usadas 



Monaldi, Francisco (2012). “La industria petrolera venezolana: una nueva oportunidad histórica” en Debates IESA, Volumen XVII, número 2, Abril-Junio 2012.

Soriano, Graciela (2008). Racionalidad y problemas públicos en la Venezuela contemporánea. Caracas/Madrid. Analítica.


[1] Aquellas huelgas petroleras de 2002 y 2003 fueron estrechamente vigiladas por los organismos de inteligencia del gobierno de Venezuela. Cada paso previo de sus líderes antes de que estallaran estaban detalladamente informadas al Presidente Chávez. Para los venezolanos que vivieron esos meses agitados el Presidente actuaba en forma completamente desquiciada o como si estuviera desinformado. No obstante, se tiene una hipótesis: la acción retardatriz. Se trata de una táctica política parecida a la táctica militar de invitación a una emboscada con falsas ofensivas de provocación y posteriores retrocesos hasta desgastar al adversario que convencido de que todo el poder del gobierno ha sido demostrado, lanza una ofensiva principal agotando sus fuerzas en constantes escaramuzas. Esa hipótesis tiene más posibilidades de confirmación en el paro que se ejecutó entre 2002 y 2003, más no tanto en la del paro de abril de 2002 que sorprendió a Hugo Chávez por no tener controlada la variable militar. El mismo Chávez confirmó tiempo después que el deliberadamente provocó la crisis. ¿Es posible que Hugo Chávez pudo haber ingeniado una táctica de este tipo para así lograr el control de PDVSA? Es una hipótesis arriesgada que los historiadores deben resolver.
[2] De acuerdo a Monaldi:En la actualidad se encuentran en producción cuatro proyectos de mejoramiento de crudo extrapesado de la Faja. En total tienen una capacidad de producción de unos 620 MBD de crudo mejorado, pero su producción se encuentra por debajo de los 500 MBD, debido a los problemas operativos que enfrentan. Estos cuatro proyectos se originaron en las llamadas «asociaciones estratégicas» que se firmaron durante la Apertura Petrolera de los años noventa. Hoy, con motivo de la renegociación forzosa de contratos y la expropiación de algunos proyectos, se conservan tres de estas empresas mixtas y un proyecto (Petrozuata) pasó a ser ciento por ciento de Pdvsa. Adicionalmente, el antiguo proyecto de orimulsión de Sinovensa se ha transformado en un proyecto de mezcla de crudo con una producción que aparentemente supera los 150 MBD. En la actualidad se está concretando la negociación de una nueva ronda de apertura al capital privado, en el formato de empresas mixtas con sesenta por ciento de participación estatal. Se han negociado seis proyectos de extracción y mejoramiento de crudo extrapesado en la Faja: dos en el bloque Carabobo mediante una licitación abierta, en la cual se asignó uno de los bloques a un consorcio liderado por Chevron (Estados Unidos) con inversionistas japoneses y otro a un consorcio liderado por Repsol (España) con empresas de Malasia e India. Adicionalmente se han asignado, en negociaciones bilaterales, cuatro proyectos en el bloque Junín con ENI (Italia), CNPC (China), un consorcio de empresas rusas y Petrovietnam. Excepto el último, son proyectos que mejorarían alrededor de 200 MBD de crudo extrapesado (o más en el caso del consorcio ruso)” (Monaldi, 2012).
[3]En una primera etapa, antes de la construcción de los mejoradores, está previsto extraer crudo extrapesado y mezclarlo con crudo más liviano para poder exportarlo. Esta fase requiere una inversión mucho menor y, por lo tanto, es mucho más probable que se lleve a cabo. El problema es que no parece haber más de 300 MBD de crudo mediano-liviano para ese propósito. Por lo tanto es limitado el incremento de producción que puede ocurrir por esta vía. Además, para el país es mucho más beneficioso mejorar el crudo en Venezuela, lo cual requiere reducir los onerosos costos de capital que actualmente enfrenta” (Monaldi, 2012).